Una
copa de vino, una lagrima rota que rueda al final, azul, una música lenta y
azul, recargada en la tibia quimera, despidiendo un anhelo que va en autobús,
un rasguño en la media, navegando en la espera, la viuda del blues…
El plan ya lo habíamos hecho desde hace una semana, se
acercaban las vacaciones decembrinas y junto al tedio de las posadas el ponche caliente y los tamales “flacos” no
nos animaba a mas, un telefoneo rápido y a partir de las ocho de la noche
tuvimos un paquete de un buen número de pastillas y LSD de buena calidad, era un completo
agasajo, sin embargo aún era jueves y la mayoría de nosotros teníamos que asistir al colegio al siguiente
día, entonces después de una breve charla cada quien se fue a dormir. Al
siguiente día todo era fluido, el
colegio era tranquilo, las bellas estudiantes se contoneaban contentas
envueltas en gruesas chamarras y bufandas coloridas, el aire frio despeinaba
sus cabellos, los labios rojos a causa del labial, los ojos pintados y vivos,
las caras sonrientes y las mejillas sonrojadas me animaban de a poco a continuar con un buen
viernes de diciembre, cuando se terminaron las clases del colegio recibí el
mensaje de Rodrigo, en un lapso de veinte minutos nos encontrábamos afuera de una
bar medianamente concurrido por personas de nuestra edad, al cual por frecuente
visita nos dejaron entrar sin ningún problema, como Ro siempre a odiado la
cerveza pedimos un par de tom Collins, en ellos dejamos diluir algo de lo
adquirido la noche anterior, escuchando música de fondo de un viejo artista
apenas conocido por nosotros dejamos que el tiempo pasara, observamos con
tranquilidad como todo el mundo dentro hacia lo que le placía, en la mesa que
estaba frente a nosotros se encontraban una chica y un chico, ambos se miraban
fijamente mientras cruzaban palabras, después chocaban los vasos y se daban un
abrazo largo, de esos que se dan a quien tiene mucho que no ves o a quien
verdaderamente quieres mucho, lo raro de estos es que era una situación que se
mantenía estática, las miradas ,las palabras, el largo abrazo… al lado de ellos
estaba una mesa enorme, la cual estaba completamente llena de chicas, todas de
fisonomías un tanto diferentes pero con aquel halo de inocencia y gracia que hasta el momento mi día no
acababa de percibir, resaltaban de aquellas chicas una de cabello rizado de
tono rojizo y una rubia de cara delgada, esta última sostenía un látigo en la
mano derecha que utilizaba con
frecuencia cuando las chicas reían con gran estruendo, ese hecho me
dejaba desconcertado, eran escenas
dignas de la mezcla que mi cuerpo percibía, por otra parte en las otras mesas
gente con mochilas despilfarrando dinero, atascando el retrete con papel,
llenando el pequeño espacio de un humo denso, impregnando la ropa que cada vez
más se quedaba en las sillas a causa del calor que se hacía parte del lugar,
cada vez que se escuchaba mucho ruido en el lugar (más de lo habitual), la
chica de cabello color claro daba con sus manos delicada un azote al látigo y
sus amigas igualmente reían sin parar, en una especie de reacción ella volteo y
me sonrió, nos miramos y siguió con lo del látigo, en el momento en que volvió
la mirada no pude evitar recordar a Sara, hacía exactamente una semana que ella
se había ido, las constantes peleas, su manera muy extraña de lidiar con
ciertas situaciones, sus ojos llorosos, su manera de abrazarme y suplicarme y
después irse sin culpa, la extraña manera que tenia de quererme, la nostalgia
que en ese momento sentía la podía comparar con una braza que quema el hueco
del estómago que antecede al vómito, entonces decidí salir un tanto
desorientado, mis amigos lo notaron, pagaron la cuenta y salieron tras de mí,
caminamos en busca de algo diferente y
llegamos a ese lugar; “el tercer sitio”, en la entrada estaba un tipo de unos
dos metros que nos dejó pasar sin ningún problema, ya en el lugar un mesero nos
asignó una mesa y paso a su vez una carta con las bebidas que el lugar ofrecía,
la oscuridad y las luces nos hacían de a poco camuflarnos de buena manera con
el sitio, enseguida llegaron un par de chicas de compañía, no quise topar
conversación con ninguna de ellas, después llegaron otras dos y la mesa se
llenó, estábamos en la mesa que da frente a un enorme tubo colocado justo en
medio de una mini pista de baile, de pronto sentía mareos inesperados, las
luces me hacían sentir muy cómodo, pero el olor a perfume barato de las chicas
me desconcertaba, en la pista una señora bastante entrada en carnes y años se
contoneaba mientras pedía la bulla de los pocos asistentes de aquella noche, me
empecé a sentir incomodo, la paranoia empezó a aparecer en mí, mi garganta
soportaba un extraño cosquilleo, suspiraba como para aguantar y de pronto el
blues de una guitarra desvió mi mirada hacia la pista de baile, ahí apareció
una mujer de unos muslos hermosos (que no gigantes), su cabello era de color
Castaño, se movía con calma, se despojaba de cada una de sus prendas mientras
con los ojos cerrados tomaba del brazo derecho al tubo del cual se sostenía,
parecía de unos 22 o 23 años, sus pechos eran pequeños pero lindos, justos para
un cuerpo como el suyo, me tenía pasmado, volteo y pude ver una cara angelical,
de tez clara y labios rojos, de sonrisa con un diente encimado que incluso en
ella la hacía ver más linda, y sus ojos, de color azul, el mismo de su nombre
artístico, azul se repetía en una música lenta y azul, de repente todo se fue
al carajo, el viernes fluido, las hermosas figuras de las chicas inocentes, la
pareja de los abrazos largos, la chica rubia del látigo, mis amigos hablaban y
se miraban, había y era una noche estupenda, dispuesto de mandar al carajo la
nostalgia de Sara y darle la bienvenida a las cosas que se nos suscitaban, me
hice participe con la mirada de mis amigos, lo único que importaba era la
camaradería y la silueta de Azul, lo demás eran nimiedades…
Azul,
azul, y una voz que entristece al cantar, reteniendo en su lecho las sombras,
esas sombras que besan y luego se van, una fotografía, una línea en la mano…
cuando tú te hayas ido, me envolverán tus piernas…