Agitado, el corazón con sus palpitaciones rápidas,
aceleradas. El cuarto solo, el contiguo puede escuchar el heart beat desesperado, dos
fotos que forman parte de la monotonía que aun logra enumerar las sonrisas de un
domingo cansado, insípido. Las manos temblorosas, los ojos que se carcomen de
un miedo agrio y desconocido; por consecuente incoherente, falto de identidad. Ahí,
se alza la voz a un vació tremendamente oscuro – ¿estás ahí?- con voz ronca,
con propiedad casi autoritaria -¿he?- Un suspiro deja escapar las posibilidades
de camas amplias, reconfortantes y compartidas, de sonrisas matinales y besos de
despedida, de aquella que verdaderamente saca carcajadas de exilio, risas
cortas, entes frente a la eternidad de un futuro armónico, descendencia que se
lava los dientes en un lavabo lleno de loseta nueva, brillante y nueva,
promesas, expectativas.
Después un cuerpo que se lava solo en la regadera con agua
tibia, esperando el suspiro que aún falta, imaginando como si fuera un trabajo
remunerable…
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