sábado, 10 de mayo de 2014

Haitian fight song

Cuando tenía nueve años jugaba en el patio de la casa, usaba unos tenis verdes y corría como loco tras de un balón blanco bastante desgastado, la puerta blanca que daba hacía la calle se abrió de pronto –el aire, pensé-, en efecto un remolino que se levantaba detrás de la barda de la casa amenazaba la paz que tenía en aquel momento, una cosa pequeña, nada de que espantarse, de repente se fue haciendo más y más grande, no tuve miedo de irme a un lugar tipo cuento de Disney ni mucho menos, en realidad lo único que temía en esa edad era quedarme sin mi preciado balón y los recurrentes sueños de extraviarme en un lugar desconocido sin familia ni amigos ni nada, corrí para agarrar mi balón y así evitar que el ahora tremendo remolino se lo llevara, de repente este seso, sin más. Sin embargo ese remolino dejo un olor extraño en la casa, abrí la puerta hacía la puerta y era como si el enorme remolino jamás hubiera tenido existencia, todo estaba en calma a excepción del olor que se hacía con más fuerza en el olfato de los vecinos (suponiendo yo) y claramente en el mío. Era un olor extraño, dulce pero empalagoso, vivo pero ensordecedor, duro, difícil de no notar, cerré la puerta y tire mi balón para patearlo de nuevo, en seguida la puerta se abrió y entro don Epigmenio Torres, traía el rostros desencajado, su bigote espeso y los ojos cristalizados, me vio y esbozo una sonrisa difícil, era extraño verlo irrumpir el patio de mi casa sin permiso, toco la puerta principal y abrió mi papá, don Epigmenio se quedó paralizado, yo detrás de él viendo todo, del cuarto al fondo a la izquierda salió mi mamá en tono de alerta, algo sin duda estaba pasando, con un grito ahogado, crispado, don Epigmenio dijo: -Compadre, se murió mi mamá-.

Es interesante como los recuerdos con el tiempo se hacen añicos, la selección de ellos hace perdurable las personas y situaciones, recuerdo aun a doña Ana Torres (madre soltera, con el apellido de hermana de su hijo) acostada, menuda, su piel arrugada, sus dientes chuecos de fuera, sus manos descansando en el pecho, el olor a estiércol de gato mezclado con el de antes por todo el cuarto, su rebozo gris aun cubriéndole parte del hombro, ahí, dormida, en silencio. El olor afuera era más fuerte, mi hermana por suerte lo reconocía,-son las flores- decía,  así me sentía más cuerdo, menos loco. Esa fue la primera vez que la conocí en persona, otra mujer a mi existencia plagada de ellas, otro ente femenino por lo menos, olorosa, profunda, sin remedio y pocas veces entendida, maldita, sublime, desgarradora, inocente, cochina, astuta, audaz, hermosa, elogiada, de la que nos burlamos en los días de Noviembre, la flaca… la irremediable muerte.  Crecer con ella me dejo un halo de inmisericorde sufrimiento: primero mi abuelo y mi tía, después Tomas, mi amigo de la secundaria, mis padres y la abuela Cristina, todos en tan poco tiempo en que yo crecí y me vi envuelto en amores y desamores, nada comparado con ella, el sujeto de la cantina de doña Ade que siempre pedía el jinete de José Alfredo Jiménez me entristecía, recuerdo que tenía uso 23 años cuando le ofrecí una cerveza y acepto, ahí lo vi de cerca, los ojos hinchados y el cuerpo abultado a causa del alcohol,-entiendo tu pena- dije. –No amigo, no entiendes nada- -¿Qué no entiendo?- pensé, vi en sus ojos una furia incontenible, sin embargo también entendí que no se podía dar el lujo de desairarme por el hecho de las cervezas venideras, charlamos un rato, ahí me entere que Claudia, su mujer, había fallecido de la nada, eran recién casados y según él era una vida perfecta, era extraña lo acepta pero la amaba de tal forma que ya no concebía la vida sin ella, ahí entendí la charla interminable de empatía con mi amigo Roberto, esta en esos casos (y en muchos claro está) no existe, es un concepto hueco, sin embargo hoy lo entiendo.


A María la conocí hace 14 años siete meses y doce días, cabello castaño claro con unas ondas que bajaban por su espalda, ojos alegres, vivos, usaba brackets  en una sonrisa amplia como las noches de primavera con el cielo abierto a estrellas lejanas y llenas de nostalgia. Recuerdo cuando le mande un mensaje tratando de parecer cotidiano, sencillo, y recibí una respuesta llena de indiferencia, trate de tomarlo con calma y jamás volví a responder, busque con mi amigo “el jinete” de la cantina refugio a ese desprecio que me había llenado de tristeza casi parecida a la del otro ente femenino ya tan citado, me las arreglaba para verla pasar con sus amigas, buscaba otras chicas para que pudiera olvidar a María, ella ni siquiera volteaba a mirarme, supongo que eso hacía quererla más, obsesionarme más. Cierto día del mes de Agosto quise ponerle freno y la encontré de frente, -¿te puedo robar un segundo?- pregunte decidido y firme. –solo si me dejas en paz después- contesto, no sabía a qué se refería, era cierto que la veía pasar diario pero a veces ocupaba mi atención en otra cosa para no hacerla sentir esencial y solo le había escrito una vez, platicamos en las bancas que están en frente de la presidencia municipal, trate de no ser soso y preguntarle sus estudios ni cosas cotidianas, quise ir directo al grano, me confesó que había soñado un par de veces conmigo, incluso que le agradaba mi manera sombría de ver la vida, pero no, jamás nada de eso pasaría. Me sentí decepcionado, desnudo, sonreí como pude y me fui caminando a casa. Supe que ella se casó dos años después, trate de no seguirla de cerca y seguí mi vida hasta ahora, a mis casi 40 años cuando la veo desde la ventana pasar cargada por seis hombre menudos y con las camisas húmedas por el sudor, atrás su pobre viudo con dos niños pequeños que lloran como perdidos, como yo en mis sueños. Recuerdo a mi madre diciéndome que parara de fumar a los 17, - deberías de ver a mi compadre Satur- empezaba, -fumo desde tu edad y ya está desahuciado-, con ello siempre me hacía pensar y apagar el cigarrillo, hoy lo entiendo todo, de alguna manera todos estamos desahuciados, de una causa conocida o desconocida, todos desahuciados como el amor pasajero. Por lo pronto pondré a Charles Mingus y esperare el tierno olor de ella, ese que hoy llego y que pretende no irse…

No hay comentarios:

Publicar un comentario